Ayer en clase de Lecturas Críticas la doctora Zettleman habló de una teoría literaria incipiente, extravagante y más bien chafona: la teoría de los mundos posibles.
No entendí a cabalidad de qué se trata, mi profesora tiene un estilo visceral de dar clases que hace sus explicaciones interesantes pero imprecisas.
Por las ideas que entendí, sin embargo, sospecho que esta teoría pertenece a una línea similar a la de la Recepción (además porque citó a Umberto Eco, una de las voces más concurridas cuando se quiere justificar un análisis literario no formal), donde el papel del lector está completamente involucrado en la obra literaria y en su sentido final.
En los mundos posibles, no obstante, el lector puede hacer consideraciones con respecto a lo que hubiera pasado si la obra en vez de desenlazar de cierta manera lo hubiera hecho de otra. También puede hacer consideraciones sobre las consideraciones que los personajes podrían hacer para actuar de determinada forma en el argumento. Un desmadre, pues.
Ante tal charla no se puede hacer otra cosa más que preguntarse a sí mismo qué hubiera pasado si no hubiera venido a esta clase, o si en vez de haber estudiado náhuatl dos años hubiera estudiado alemán: ¿tendría más amigos austriacos?, o qué hubiera pasado si en vez de en invierno hubiera venido en verano, o si me hubiera ido de intercambio sin novio, o si tuviera una roomie que supiera hablar inglés, o si de plano no me hubiera ido de intercambio.
Y luego pues ya, ya es la mitad, ya sólo faltan dos meses para regresar, qué inutilidades andarse preguntando esas cosas. Mucho más inútil aun, me parece, preguntárselas con respecto a una obra literaria: ¿qué hubiera pasado si Jane Eyre no hubiera regresado para casarse la final?, ¿los críticos estarían más satisfechos? ¿O si Juan hubiera encontrado a su papá en Comala? ¿Seríamos más felices?
Pero qué manera tan inútil, bella e inevitable de pasar el tiempo: haciéndose preguntas.
Alejandro me dijo que cuando hiciera más frío las nubes se iban a condensar y el sol iba a volver a salir. Tenía razón, después de tres semanas de cuasi penumbra, hoy empezó a nevar y escribo con un rayo de luz reflejado en la pantalla de mi computadora.
Estoy fascinada, como si acabara de llegar a la ciudad.
Hubo una temporada cuando vivía en la casa del señor César
en la que la bomba no funcionó bien, había que purgarla para que el agua
subiera. Yo nunca aprendí a hacerlo porque el día que el casero nos enseñó, Rodrigo estaba ahí. Él era el que iba a
aprender, aunque no viviera ahí. Yo no.
Nunca estuve sola porque nunca quise la independencia que
pude haber tenido. Cuando tomé la decisión de dejar de ir a Puebla todos los
fines de semana le dije a mi mamá que era porque tenía que ahorrar dinero: cada
boleto del ADO cuesta ciento cincuenta pesos. La verdad es que dejé de ir
porque ahora tenía una familia también en el DF con la que podía pasar los
fines de semana, la de Rodrigo.
El día que llegué a Viena fue la primera vez que estuve realmente
sola y lo primero que hice fue salir a la calle a comprar el cable que
necesitaba para conectar mi computadora a internet.
Llevo más de dos meses en esta ciudad y no ha pasado un día
sin que deje de contar el tiempo. Estuve revisando mis finanzas y están
bastante bien, mi estrategia para administrar el dinero (gastar en nada,
comprar lo más barato, ser coda) ha funcionado a tal grado que estos últimos meses
podría darme el lujo de viajar a otros
países o de vivir más luj[uri]osamente.
Esta mañana, mientras me bañaba, pensaba que estoy en un
momento privilegiado que probablemente no volveré a vivir: estoy viviendo sola
en Europa con veintidós años y sin preocupaciones de dinero.
Me resultó absurdo sentirme desdichada. Gastaré todo mi dinero, lo gastaré. Hay una
cita de Samuel L. Jackson que dice: “Anyone who tells you money can’t buy
happiness never had any.” Este fin de
semana salí con todos los amigos que he hecho aquí, compré gluhwein en el
mercado de navidad y compré cervezas en un pub, pagué diez euros por entrar al
cine a ver la secuela de una película que no conocía, pagué el cover de un
antro latino.
Y fui muy feliz.
Prometo que invertiré en mi felicidad y en mi distracción lo
que me resta de tiempo, seré tan liberal como el sistema me lo permita y dejaré
de hacer consideraciones inútiles acerca del clima; si no sale el sol en dos
semanas o si hace frío no importa.
Invertiré el tiempo y el dinero en distracciones. Sólo destinaré
el tiempo necesario para leer lo que tenga que leer y pasar mis exámenes. La
inconciencia será mi guía.
Para llegar a Salzburgo de Viena se toma un tren rápido que viaja
dos horas y media. El viajero debe de estar preparado para el frío alpino si
quiere disfrutar su estancia: a principios de noviembre el viento ya se mete
entre los dedos y hace que el fluido mucoso de la nariz sea constante mientras camina por los jardines del palacio Mirabell.
Si el interesado está en buenas condiciones entonces qué
bello, qué sublimes aparecerán todas las vistas ante sus ojos. Las imágenes de
Julie Andrews corriendo al lado de las flores vendrán a su mente porque, a
pesar de los pocos grados centígrados (en Europa por fortuna la temperatura y
la distancia se miden igual que en México), las rosas y otras flores de varios
colores, que recuerdan a las malhumoradas moradas que le hacían cara feas a
Alicia en la versión original de Disney, sobreviven cual si fuera primavera.
Otras vistas, sin embargo, serán lúgubres entre la niebla
y los troncos sin hojas, como todas las estatuas que grisáceas se yerguen
recordando yo que sé a qué héroes griegos y a algunos animales que no existen
más que ahí. Un pegaso, por ejemplo, parece estar listo para despegar de una
fuente.
Pasando el río Salzach por el puente lleno de candados que
sellan amores de best seller como la nueva tradición dicta, el centro está
a unos pasos y su mayor atracción se concentra en la Getreidegasse. La calle
donde nació Mozart es ahora un pasaje lleno de tiendas de lujo: del clasicismo
al clasismo. No faltan, por supuesto, una oficial de Red Bull (porque la
burbujeante bebida azul, me dicen, es austriaca) ni una de Swarowski (austriaca
también).
Esta calle desemboca, si mi orientación no me falla, en la
bella Catedral de muros e interiores blancos. Las clásicas estatuas que la
rodean tienen una excepción: hay una que no es de mármol sino de un metal
verduzco y que aparenta una figura macabra sentada y cubierta por un manto
que le cubre el rostro.
Unos pasos más adelante el camino a la Fortaleza de
Hohensalzburg ofrece paisajes panorámicos de Salzburgo que pueden causar en el espectador
una melancolía indeseada si la niebla de otoño cubre la ciudad. Pueden
despertar, también, ganas de irse a su casa, aunque su casa no sea realmente su
casa sino un hogar temporal.
Así, se descubrirá a usted mismo añorando las calles de
Viena, aquellas desde las cuales no se pueden ver las montañas sino muy a las
orillas de la ciudad porque, como sabe, ver montañas o cerros o cualquier signo
que indique la cercanía de la naturaleza lo pone a usted incómodo por la
conciencia de finitud urbana. Usted no es ningún John Keats que le canta a la
sleepless Eremite. Usted nació y ha vivido siempre en lugares muy poblados y
feos, y el ruido de las calles lo distrae y lo hace feliz.
Patricia Trujano canta la Canción
Mixteca en la celebración de día de muertos en el Museo de Etnología de Viena (donde está el penacho de Moctezuma),
y al verme tan sola y triste cual hoja al viento quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento.
Siempre abogué por el individuo
cuya cultura fuera aquella que él escogiera. Probablemente porque no pertenezco
a ninguna religión me gustaba pensar en alguien que puede creer o no en algo
por mera convicción (para mí ser agnóstica es un asunto de inercia, no de
convicción: no fui bautizada, así que no tuve que sufrir el admirable camino
del despertar de la conciencia a través del cual un ser deja de pertenecer a
alguna religión).
Asimismo me gustaba pensar en el
hombre como un ser libre de nacionalismos: si se ama o se está orgulloso del lugar
donde se ha nacido es por alguna razón, no por el simple hecho de haber nacido
en él.
Estas ideas fueron fortalecidas
por las lecturas de Thomas Bernhard, salzburgués que no milita en las filas de
la ciega admiración a un lugar sólo por haber nacido en él. Mi desprecio por la
doble moral poblana y por su frivolidad se identificaron con las ideas del
escritor austriaco después de leer su (supuesta) autobiografía.
Sin embargo mis orgullosas ideas
se amedrentan cuando voy por una calle de Viena y veo a una chica que viene
hacia mí con una playera que tiene la cara de Frida Kahlo. Es inevitable: yo nací en un lugar.
Si soy quien soy no es por
mera autodefinición, sino por una serie
de circunstancias totalmente casuales que me llevaron a crecer y conocer un
país. No sentiré más vergüenza por conmoverme cuando escucho una canción
mexicana o por añorar el clima de mi ciudad.
Esta noche platiqué con una chica
alemana: sus padres son alemanes y ella nació ahí, pero vivió en México seis
años desde los dieciséis. Ahora estudia en Viena pero quiere volver al DF
porque ella está segura de que es mexicana y dice que no aguanta estar aquí.
Yo soy mexicana, no tengo que
pensarlo, no tengo que esforzarme por amar ese país porque nací en él. Nunca
fui tan feliz como la noche que corrí de la mano de Rodrigo y al lado de
muchísimos jóvenes más hacia las instalaciones de Televisa Chapultepec para
gritar consignas de repudio a los medios de comunicación antidemocráticos.
Porque estábamos enojados y
porque sabíamos y sabemos que México está jodido y que no podemos hacer que
las cosas cambien sólo con una marcha, pero también sabíamos que no queríamos quedarnos
sentados.
Esa incomodidad de vivir por
estar en un lugar que no funciona bien, hace que todo el movimiento sea distinto
en mi país.
Viena es un sueño y me
gusta vivirlo. Las hojas de verdad se caen aquí en el otoño, tengo tiempo para
caminar. Salgo de la universidad y tomo
el camión 13A, que va por calles llenas de negocios interesantes y por las que
algún día me gustaría pasar a pie. Me estoy acostumbrando al frío y hasta
pienso que puedo pasar el invierno sin enfermarme.
El próximo año voy a estar en
la ciudad más poblada del mundo otra vez, tapándome sólo con un suéter y
caminando junto a mi novio mientras veo las ofrendas de las Islas de Ciudad
Universitaria.
El paisaje es muy claro. Todas las expectativas de lo
europeo se cumplen en el palacio de Schönbrunn. No habrá más belleza posible,
lo dicen las vistas panorámicas. “Buckingham is nothing, it´s like a huge
castle without any decorations on it. These places are much more beautiful”
dice una amiga inglesa.
Todo el esplendor gótico, barroco y art noveau está
aquí. Caminar sabiendo que eventualmente
se verá algo magnífico. No sólo lo clásico, hay arte urbano. Hay todo. Saber que tienes que estar encantado porque es hermoso. “Mira
qué precioso”, diría mi abuela. Y sí, reconocerlo porque es evidente, porque
tanta belleza no se puede esconder. Además el contraste entre dos continentes
es inmenso:
Las calles están limpias, los señalamientos tienen otra
estética, los domingos las tiendas están cerradas, las banquetas son
anchas, el drenaje funciona, el agua de
la llave se puede beber, los coches son de otras marcas, la gente tiene otros
rasgos.
Acaso eso es más impresionante que los monumentos: conocer otra
cotidianidad posible. Poder comprar otros
productos en el supermercado, escuchar otro idioma todo el tiempo, ir a correr
todos los días por los jardines que fueron de Sissi, no estar nunca apretado en
el metro, probar postres finos, ver uniformidad en la arquitectura de los
edificios.
Estar seguro de que en este momento no abarcas nada, no
asimilas lo que contemplas en ningún momento. Que los paisajes y las cúpulas y
las tardes con nuevos amigos son, reconociéndolo racionalmente, una fortuna.
Pero no poder sentirlo así porque tampoco cuando estuviste
en tu país te diste cuenta de lo que era salir de clases e ir a tomar un café
al Jarocho con tu novio, estar acostada un fin de semana en Puebla mientras
nadie hacía nada pero todos estaban en la casa, caminar por el campus de la
universidad para ir a la librería, ir a comer con tu papá y tu hermano los domingos o comer enchiladas verdes sola en una
fonda.
Estuve consciente de que era feliz en esos momentos, pero la mirada en retrospectiva me lo recuerda y me hace entenderlo. La añoranza que tengo ahora me dice que cuando vuelva voy a extrañar este lugar y todas sus vistas. Sólo
entonces, cuando anhele ver el Stephansdome
o la fachada de la Universidad de Viena de nuevo, sabré lo bella bellísima que es
esta ciudad y me dará una “íntima tristeza reaccionaria”.
1. Estoy en el estudio del escritor con el que trabajé
durante un año voluntariamente y le explico que necesito un favor: quiero ganar
un premio literario. Me dice que hará algunos arreglos. Recibo una llamada para
avisarme que gané el Premio Nacional de Literatura. Llego a la premiación y el
público está sentado a ambos lados del foro, como en graduación o boda. De un
lado están los críticos del estado, que aplauden mi obra dando argumentos que
sé que son falsos y del otro los críticos que la destruyen. Uno me pregunta
irónicamente algo como “¿y cómo se te ocurrió rimar día con melodía?”Subo muy avergonzada a recibir mi premio y no
sé qué decir, sólo balbuceo algunas palabras sobre la importancia de escribir.
2. Empiezo a trabajar en alguna tienda donde los
empleados buscan los productos para los clientes en computadoras que contienen
el inventario; cada vendedor tiene la suya. Un día busco en la computadora de un
compañero y cuando la prendo está llena de fotos de mí, fotos que yo no tomé
pero en las que aparezco en mi cuarto, en la cocina, en la casa de mi abuela. Hay un video de mí hecho con recortes de imágenes
donde parezco estar poseída. Me asusto y me voy a mi casa. Antes de llegar veo en
la calle paralela al dueño de la computadora. Está adentro de un Volkswagen blanco.
Me asomo y su coche está tapizado de fotos de mí desnuda; también tiene
pantallas monitoreando mi casa. Le pido que se baje del carro. Está desnudo y
yo sólo tengo una bata puesta. Empiezo a patearlo y él se deja rodar por la
calle. Parece una fotografía de Lachapelle porque yo llevo tacones de aguja y
la gente nos mira pasar.Me voy a mi
casa; momentos después vuelvo a caminar por esa calle y veo que el acosador ha
sido asesinado con unas banderillas de las que se usan en las corridas de
toros. Al lado hay un rebozo (el mismo que me traje a Viena para regalárselo a
alguien eventualmente) lleno de sangre. Volteo y veo que mi novio está ahí
también, viéndolo con temor. “Si dejaron
el rebozo ensangrentado entonces son los sicarios”, dice. En ese momento sólo se
me ocurre pensar que mi vida ha recibido una maldición y que probablemente esté
a punto de vivir lo mismo que la muchacha a la que violaron en Guanajuato. Me
quedo esperando a que lleguen los reporteros.
Estos fueron mis sueños las dos
últimas noches. Dado que estoy en Viena pienso que debo hacer un análisis freudiano.
Por supuesto no podré porque nunca, lo confieso sin temor, he leído a Freud.
Anoche, sin embargo, después de
despertar sudando del sueño número dos, me quedé pensando en los motivos de
esta proyección porque, si bien muchas veces sueño cosas extrañas, nunca me
había sentido moralmente mal, como si estuviera fallando en algo.
Mi subconsciente nunca había sido tan explícito.
Llevo ya más de un mes en Viena y siento que estoy durmiendo. No entiendo
qué se supone que haga. Me encuentro bien pero tengo la impresión de que los demás
(no sé quiénes demás por lo que tal vez sea yo misma) quieren que haga más
cosas.
Porque el concepto de irse para
mí está en abandonarse a sí mismo, en dejarse perder por el lugar y no tener
miedo. No estoy segura pero creo que estoy aterrada. Aterrada porque tengo miedo y porque estoy
como enterrada en otro lugar.
En vez de estar abierta y asombrada
estoy cada vez más confundida y decepcionada de mí misma; espero el
momento en que se jale el gatillo y todo se me revele: a esto viniste.
Un amigo me pregunta cada vez que lo veo si ya me acosté con alguien, una amiga si ya me enamoré. No, ninguna de las dos, pero ayer se me acercó un hombre en la calle para invitarme a salir y yo huí despavorida. ¿Estoy cerrada a mis impulsos? El sexo es una de las máximas expresiones de la pasión y un aliciente al viajar. Mis amigos esperan que regrese con anécdotas groseras, primerinmunidstas.
Me gusta escribir pero siempre he
sido una cobarde que no lo acepta por temor y flojera. He leído tres novelas desde que llegué. En una de ellas, A
Portait of the Artist as a Young Man, Stephen Dedalius es un confundido que
al final entiende que el mundo se le embellece no por sí mismo sino a través de
la poesía. Entonces va por las calles
caminando y recitando cual alma en júbilo.
Yo no hago nada; camino y me
pierdo y no hablo casi con nadie, y a veces voy a las tiendas y no me compro
nada. Pero no estoy triste, sólo estoy en pausa.
Me gustan también mis clases,
siempre me ha gustado ir a la escuela; no soy tan intensa como para ser anti
academicista ni tan disciplinada como para ser académica. Leo las
novelas que tengo que leer y me angustio o me extasío y punto, ninguna hipótesis que redactar.
Voy a regresar a México y no sé
ni siquiera sobre qué quiero escribir mi tesis. Me parece a veces hasta
irrelevante. El problema es que ahora estoy en Viena y estoy aquí porque la
UNAM me dio una beca y cuando entré a la UNAM pensé que tenía un compromiso con mi país.
Pero últimamente me ha surgido la
idea de que como todo se me volvió un revoltijo aunque en alguna época estuve
muy segura de que quería ser editora, mejor me voy a estudiar una
maestría al extranjero también.
Porque aunque no esté cumpliendo
con mis expectativas ni con las de nadie al estar aquí, estoy bien y ya me fui.
Y no puedo verme de vuelta sentada en un salón de la Facultad de Filosofía y
Letras y pensando en los días en que estuve en Viena. Quiero y voy a regresar, pero no
soporto la idea de mirar hacia atrás una vez que haya vuelto.