sábado, 14 de diciembre de 2013
México era una fiesta
Anoche vi Rojo amanecer; cuando acabó prendí la computadora y vi la foto de un árbol de navidad incendiado durante las protestas contra la reforma energética, o por el alza de los boletos del metro, o por todo. México parece una fiesta inconforme que nunca se acaba. Luego salgo a la calle y en este país no pasa nada más que el viento.
sábado, 7 de diciembre de 2013
Salón del miedo
“Salon der Angst” es una exposición temporal de arte
contemporáneo con sede en el museo Kunstahlle, un edificio que mezcla el
brutalismo arquitectónico con la estructura clásica original; hay un espejo de
cinco metros de alto con un imponente marco barroco que refleja las escaleras
de metal y el concreto donde otrora hubiera un salón recibidor. Tal vez por la
iluminación tenue del interior (que hace el contraste menos evidente),
esta combinación no es agresiva: uno
asiente sonriente mientras mira hacia el techo altísimo.
Las tres salas que conforman la exhibición fueron
suficientes para asustarme. Las
instalaciones de arte contemporáneo siempre causan un poco de miedo por el
desconcierto de hasta qué punto el espectador puede participar en la obra: si
puedo ponerme los audífonos para escuchar un videoarte y escoger a cuál de las
pantallas quiero mirar mientras en cada una de ellas la misma mujer me mira a
los ojos pero desde una diferente posición, los nervios me traicionan y me
incitan a cambiarme de pieza: mejor sólo miro cuadros.
Ese debe ser el efecto del arte contemporáneo: la
subversión. El arte es ahora una apelación a los sentidos porque no hay un
criterio estético estricto para juzgar lo que se ve. Evaluar una instalación
que opta por aprovechar el espacio, los sonidos, las texturas y la experiencia
del espectador no se puede hacer de la misma manera en la que se juzga una
pieza que atiende a un espacio físico de
dimensiones limitadas como un lienzo.
Esta es mi primera consideración del arte contemporáneo, a propósito de que mientras veía uno de los muros de la exhibición, la piel se me enchinó una y otra vez como no me había pasado desde hace mucho tiempo, y qué podemos pedirle al arte sino desconcierto.
Este muro estaba lleno de collages, y sus recortes juntos
decían la verdad. Y si Keats defendió la belleza como verdad, habrá que
defender también la verdad como belleza, cual Joyce. Las imágenes estaban
compuestas por dos textos distintos: de un lado la imagen de una modelo de
revista y del otro la fotografía de alguna víctima de una tragedia civil. Así
pues, si aparecía una mujer bellísima acostada con los ojos soñadores, su cabello
pelirrojo desembocaba en la sangre corriendo de un hombre muerto en alguna
ejecución acostado junto a ella.
Es el contexto lo que importa. Por qué no, pensaba, ver algunos de estos videos que siempre están en las exhibiciones de arte contemporáneo en mi casa. Porque no lo vería. Estar en una sala donde una pared proyecta la imagen de Margaret Thatcher congelada en medio de un discurso pero donde se escucha que ella sigue hablando lo vuelve todo absurdo, porque su cara está en una posición ridícula, con la boca abierta en una pausa que vuelve a cualquier persona patética; es una incomodidad. Nadie querría estar ahí.
La gente probablemente no pase más de una hora admirando las
obras que una de estas exposiciones ofrece porque es molesto; ése es un logro del arte contemporáneo. Estos
videos interminables con escenas hiperrealistas proyectados en salas oscuras
que por lo general tienen una banca para que la gente se siente a verlos son
angustiosos.
Ver fotografías en blanco y negro de cementerios falsos
montados en jardines de Estados Unidos para celebrar el Halloween no causa una
franca epifanía sino duda: ¿qué es esto? ¿por qué retratar esto?¿qué es lo que tengo que ver? ¿qué tiene que ver aquí? Pero alguien escogió retratar justo eso, justo ese detalle de la vida, y mientras esos barrios pobres con esqueletos horribles en sus rejas y máscaras viejas de hombres lobo no estén en la pared de un museo, no existen en nuestra conciencia, y así estaría mejor.
Ver una pieza tras otra de escenas que parecen no tener sentido pero sí lo tienen, sólo que uno muy abstracto y particular que jamás podremos aprehender porque no hay manuales para explicar la técnica de las escenas particulares, de lo que un artista contemporáneo escucha o ve, es entrar en duda no sólo con lo que esa exhibición quiere decir sino con lo que uno mismo está dispuesto a ver.
Entrar en un cuarto oscuro donde se proyecta un video en el
cual un hombre y una mujer tienen relaciones sexuales de la manera más
explícita y con la grabación enfocada la mayor parte del tiempo en sus
genitales es de un pavor inconmensurable. Ése es el salón del miedo.
jueves, 28 de noviembre de 2013
Los mundos posibles
Ayer en clase de Lecturas Críticas la doctora Zettleman habló de una teoría literaria incipiente, extravagante y más bien chafona: la teoría de los mundos posibles.
No entendí a cabalidad de qué se trata, mi profesora tiene un estilo visceral de dar clases que hace sus explicaciones interesantes pero imprecisas.
Por las ideas que entendí, sin embargo, sospecho que esta teoría pertenece a una línea similar a la de la Recepción (además porque citó a Umberto Eco, una de las voces más concurridas cuando se quiere justificar un análisis literario no formal), donde el papel del lector está completamente involucrado en la obra literaria y en su sentido final.
En los mundos posibles, no obstante, el lector puede hacer consideraciones con respecto a lo que hubiera pasado si la obra en vez de desenlazar de cierta manera lo hubiera hecho de otra. También puede hacer consideraciones sobre las consideraciones que los personajes podrían hacer para actuar de determinada forma en el argumento. Un desmadre, pues.
Ante tal charla no se puede hacer otra cosa más que preguntarse a sí mismo qué hubiera pasado si no hubiera venido a esta clase, o si en vez de haber estudiado náhuatl dos años hubiera estudiado alemán: ¿tendría más amigos austriacos?, o qué hubiera pasado si en vez de en invierno hubiera venido en verano, o si me hubiera ido de intercambio sin novio, o si tuviera una roomie que supiera hablar inglés, o si de plano no me hubiera ido de intercambio.
Y luego pues ya, ya es la mitad, ya sólo faltan dos meses para regresar, qué inutilidades andarse preguntando esas cosas. Mucho más inútil aun, me parece, preguntárselas con respecto a una obra literaria: ¿qué hubiera pasado si Jane Eyre no hubiera regresado para casarse la final?, ¿los críticos estarían más satisfechos? ¿O si Juan hubiera encontrado a su papá en Comala? ¿Seríamos más felices?
Pero qué manera tan inútil, bella e inevitable de pasar el tiempo: haciéndose preguntas.
lunes, 25 de noviembre de 2013
Sol
Alejandro me dijo que cuando hiciera más frío las nubes se iban a condensar y el sol iba a volver a salir. Tenía razón, después de tres semanas de cuasi penumbra, hoy empezó a nevar y escribo con un rayo de luz reflejado en la pantalla de mi computadora.
Estoy fascinada, como si acabara de llegar a la ciudad.
Estoy fascinada, como si acabara de llegar a la ciudad.
domingo, 24 de noviembre de 2013
Hedonista
Hubo una temporada cuando vivía en la casa del señor César
en la que la bomba no funcionó bien, había que purgarla para que el agua
subiera. Yo nunca aprendí a hacerlo porque el día que el casero nos enseñó, Rodrigo estaba ahí. Él era el que iba a
aprender, aunque no viviera ahí. Yo no.
Nunca estuve sola porque nunca quise la independencia que
pude haber tenido. Cuando tomé la decisión de dejar de ir a Puebla todos los
fines de semana le dije a mi mamá que era porque tenía que ahorrar dinero: cada
boleto del ADO cuesta ciento cincuenta pesos. La verdad es que dejé de ir
porque ahora tenía una familia también en el DF con la que podía pasar los
fines de semana, la de Rodrigo.
El día que llegué a Viena fue la primera vez que estuve realmente
sola y lo primero que hice fue salir a la calle a comprar el cable que
necesitaba para conectar mi computadora a internet.
Llevo más de dos meses en esta ciudad y no ha pasado un día
sin que deje de contar el tiempo. Estuve revisando mis finanzas y están
bastante bien, mi estrategia para administrar el dinero (gastar en nada,
comprar lo más barato, ser coda) ha funcionado a tal grado que estos últimos meses
podría darme el lujo de viajar a otros
países o de vivir más luj[uri]osamente.
Esta mañana, mientras me bañaba, pensaba que estoy en un
momento privilegiado que probablemente no volveré a vivir: estoy viviendo sola
en Europa con veintidós años y sin preocupaciones de dinero.
Me resultó absurdo sentirme desdichada. Gastaré todo mi dinero, lo gastaré. Hay una
cita de Samuel L. Jackson que dice: “Anyone who tells you money can’t buy
happiness never had any.” Este fin de
semana salí con todos los amigos que he hecho aquí, compré gluhwein en el
mercado de navidad y compré cervezas en un pub, pagué diez euros por entrar al
cine a ver la secuela de una película que no conocía, pagué el cover de un
antro latino.
Y fui muy feliz.
Prometo que invertiré en mi felicidad y en mi distracción lo
que me resta de tiempo, seré tan liberal como el sistema me lo permita y dejaré
de hacer consideraciones inútiles acerca del clima; si no sale el sol en dos
semanas o si hace frío no importa.
Invertiré el tiempo y el dinero en distracciones. Sólo destinaré
el tiempo necesario para leer lo que tenga que leer y pasar mis exámenes. La
inconciencia será mi guía.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Salzburgo (con fotografías para el deleite y la ilustración del lector)
Si el interesado está en buenas condiciones entonces qué
bello, qué sublimes aparecerán todas las vistas ante sus ojos. Las imágenes de
Julie Andrews corriendo al lado de las flores vendrán a su mente porque, a
pesar de los pocos grados centígrados (en Europa por fortuna la temperatura y
la distancia se miden igual que en México), las rosas y otras flores de varios
colores, que recuerdan a las malhumoradas moradas que le hacían cara feas a
Alicia en la versión original de Disney, sobreviven cual si fuera primavera.
Otras vistas, sin embargo, serán lúgubres entre la niebla
y los troncos sin hojas, como todas las estatuas que grisáceas se yerguen
recordando yo que sé a qué héroes griegos y a algunos animales que no existen
más que ahí. Un pegaso, por ejemplo, parece estar listo para despegar de una
fuente.
Pasando el río Salzach por el puente lleno de candados que
sellan amores de best seller como la nueva tradición dicta, el centro está
a unos pasos y su mayor atracción se concentra en la Getreidegasse. La calle
donde nació Mozart es ahora un pasaje lleno de tiendas de lujo: del clasicismo
al clasismo. No faltan, por supuesto, una oficial de Red Bull (porque la
burbujeante bebida azul, me dicen, es austriaca) ni una de Swarowski (austriaca
también).
Esta calle desemboca, si mi orientación no me falla, en la
bella Catedral de muros e interiores blancos. Las clásicas estatuas que la
rodean tienen una excepción: hay una que no es de mármol sino de un metal
verduzco y que aparenta una figura macabra sentada y cubierta por un manto
que le cubre el rostro.
Unos pasos más adelante el camino a la Fortaleza de
Hohensalzburg ofrece paisajes panorámicos de Salzburgo que pueden causar en el espectador
una melancolía indeseada si la niebla de otoño cubre la ciudad. Pueden
despertar, también, ganas de irse a su casa, aunque su casa no sea realmente su
casa sino un hogar temporal.
Así, se descubrirá a usted mismo añorando las calles de
Viena, aquellas desde las cuales no se pueden ver las montañas sino muy a las
orillas de la ciudad porque, como sabe, ver montañas o cerros o cualquier signo
que indique la cercanía de la naturaleza lo pone a usted incómodo por la
conciencia de finitud urbana. Usted no es ningún John Keats que le canta a la
sleepless Eremite. Usted nació y ha vivido siempre en lugares muy poblados y
feos, y el ruido de las calles lo distrae y lo hace feliz.
sábado, 2 de noviembre de 2013
México en mi mente
Patricia Trujano canta la Canción
Mixteca en la celebración de día de muertos en el Museo de Etnología de Viena (donde está el penacho de Moctezuma),
y al verme tan sola y triste cual hoja al viento quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento.
Siempre abogué por el individuo
cuya cultura fuera aquella que él escogiera. Probablemente porque no pertenezco
a ninguna religión me gustaba pensar en alguien que puede creer o no en algo
por mera convicción (para mí ser agnóstica es un asunto de inercia, no de
convicción: no fui bautizada, así que no tuve que sufrir el admirable camino
del despertar de la conciencia a través del cual un ser deja de pertenecer a
alguna religión).
Asimismo me gustaba pensar en el
hombre como un ser libre de nacionalismos: si se ama o se está orgulloso del lugar
donde se ha nacido es por alguna razón, no por el simple hecho de haber nacido
en él.
Estas ideas fueron fortalecidas
por las lecturas de Thomas Bernhard, salzburgués que no milita en las filas de
la ciega admiración a un lugar sólo por haber nacido en él. Mi desprecio por la
doble moral poblana y por su frivolidad se identificaron con las ideas del
escritor austriaco después de leer su (supuesta) autobiografía.
Sin embargo mis orgullosas ideas
se amedrentan cuando voy por una calle de Viena y veo a una chica que viene
hacia mí con una playera que tiene la cara de Frida Kahlo. Es inevitable: yo nací en un lugar.
Si soy quien soy no es por
mera autodefinición, sino por una serie
de circunstancias totalmente casuales que me llevaron a crecer y conocer un
país. No sentiré más vergüenza por conmoverme cuando escucho una canción
mexicana o por añorar el clima de mi ciudad.
Esta noche platiqué con una chica
alemana: sus padres son alemanes y ella nació ahí, pero vivió en México seis
años desde los dieciséis. Ahora estudia en Viena pero quiere volver al DF
porque ella está segura de que es mexicana y dice que no aguanta estar aquí.
Yo soy mexicana, no tengo que
pensarlo, no tengo que esforzarme por amar ese país porque nací en él. Nunca
fui tan feliz como la noche que corrí de la mano de Rodrigo y al lado de
muchísimos jóvenes más hacia las instalaciones de Televisa Chapultepec para
gritar consignas de repudio a los medios de comunicación antidemocráticos.
Porque estábamos enojados y
porque sabíamos y sabemos que México está jodido y que no podemos hacer que
las cosas cambien sólo con una marcha, pero también sabíamos que no queríamos quedarnos
sentados.
Esa incomodidad de vivir por
estar en un lugar que no funciona bien, hace que todo el movimiento sea distinto
en mi país.
Viena es un sueño y me
gusta vivirlo. Las hojas de verdad se caen aquí en el otoño, tengo tiempo para
caminar. Salgo de la universidad y tomo
el camión 13A, que va por calles llenas de negocios interesantes y por las que
algún día me gustaría pasar a pie. Me estoy acostumbrando al frío y hasta
pienso que puedo pasar el invierno sin enfermarme.
El próximo año voy a estar en
la ciudad más poblada del mundo otra vez, tapándome sólo con un suéter y
caminando junto a mi novio mientras veo las ofrendas de las Islas de Ciudad
Universitaria.
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